
El día de la libertad
Desaté las riendas a escondidas, corrió sin mirar atrás. Hoy es su día.
Nació para esto
Le pegó con su látigo. Muévete, muévete inútil buey.
I Las raíces más recónditas I Las plumas más frescas I Aportes Literarios Animales I Paolo N. Luke


Mis pies, lo primero que concibo. La verdad hoy no sé que es lo que me rodea, distingo olivillos. Desde muy pronto suelo ceñir mis manos como primer impulso inconciente de mis cuidados. Sentado, la bruma es pálida y algo húmeda.
Siento frió en mis tobillos, en el lugar que no logran cubrir mi pantanos, es una talla menor, las mangas no me quedan, mis nudos suelen ser algo esqueletitos a merced del escalofrío que me perturba constantemente. No se por qué, mas a mi memoria viene la estrofa, una poesía de Safo que escuché cuando criatura, a pesar de tener en mente otras cosas, esta sigue zumbando como una viola de fondo. Palpitante suena el viento cuando pasa tras mi cabeza y el cuello me pide que lo arrope, tan solo pongo mi mano y ceso mi intranquilidad.
Cruzan autos a lo lejos, se siente un olor como a maquinaria, o será mi ropa. Tengo un papel en el bolsillo, lo sé, ya que me incomoda el extremo izquierdo de mi camisa. Los árboles, lo primero que advertí, logré estar al tanto de la verdad, han caído ya siete o diez hojas a mi costado, son arrugadas, medianas, casi amarillas con rayas cafés, parecen insectos caminando alrededor de mis extremidades. Un grito, un chillido, un chiflo de aire, lo más cálido en estos momentos son mis vagas reminiscencias, me cuestiono. (No sé por qué me lo dijo, me tiene sugestionado). Mas que hago aquí sentado, que es este lugar, es otoño o invierno, no se distinguir estaciones hermanas, los árboles son gigantescos se mueven a la cadencia de los silbidos. El follaje vuela o son aves de la cuidad.
Hay luces un tanto artificiales sobre mi cabeza y reflejan mi sombra sobre las costas de mi cuerpo, en un escenario de tierra mojada, el verde se trasluce entre las rejas graciosas. La gracia quita de mi pasión todo lo absurdo de mi mal estar, el verde y más me sonrió íntimamente. Mis manos sobre mis muslos, una hormiga me suerca. Creerán que soy un vago, un alcohólico, un delincuente. Pero quien creerá eso, ¿los bosques?, aun no veo a nadie rondar cerca de mí, ¿será la hora? ¿Será el día?, estará lloviendo. No lo creo, de así serlo lo habría notado, pero qué es lo que concibo. Hasta ahora no se más de lo que saben ustedes.
El efluvio del tris me lleva a lo altamente oscuro del Κρόνος, así llámese todo esto no más que una simple percepción de mis sentidos vegetales e inertes, el pasado es una pesadilla desmesurada, el azul oscuro de la umbría que me rodeaba, el blanco celestino del televisor que me encandecía maravillosamente, pero inútil a la vez, las consecuencias de captar todo el lenguaje, me llevaron donde estoy ahora.
¿Me pongo de pie?, me dijo que no lo hiciera. Aún su rostro he de recordar, no más que sus textuales palabras. Ojos glaucos y sus alrededores parecían quebrajarse con ríos rojos, (volverá donde me dejó), hombros quizás caídos por el efecto de su ropaje, una camisa color púrpura y líneas un tanto opacas, (estoy aquí por su culpa), sus manos eran pequeñas y heladas al tacto, asimismo noté su nariz empinada de roja ocación, uñas cortas desmaltizadas, dedos partidos, un caminar singular.
Lo último fue el tono de su vos. como lograré captar su entonación.

“Llevaban también a dos pensadores para ser muertos con él. Cuando llegaron al lugar llamado
(Francisco 20:55, 24,06-43).

Miró hacia su derecha, evitando levantar sospechas acarició su mentón disimuladamente , cerró el ojo izquierdo dos veces, ella respondiendo se tocó la mejilla y la punta de su nariz. Para corroborar cuidadosamente giró sus ojos hacia la izquierda, él ya golpeaba su nariz con el lápiz. Sí, estaba en lo cierto, lo intuía. Solo esa le faltaba. Guiñó el ojo derecho. Se levantó y entregó su examen acariciando el lóbulo de su oreja derecha. Todos se miraron.
Yo soy Zeus, amo y señor del este magno estrado, dueño de los cielos y los rayos. Señor de una insoportable familia de seres humanos. Padre de numerosos pequeños dioses y cruzados harapientos. Una desvergonzada dice ser mi madre, otro huraño dice ser mi padre, pero no saben que yo nací de las nubes negras y tenias. Yo vigilo solemne los caminos pedregosos y estupefactos. Entre unos y otros nadie se atreve a mirarme a los ojos. Yo administro las tragedias, y los pesares bien puestos se los llevan cuando me enfadan. Sí soy hosco y nada me encanta.
Yo soy Zeus, amo y señor de esta avenida indígnate, sé que con luz verde se cruzan mis calles, sé de las rayas en el piso, sé a quienes creerles cuando me miran, lamentablemente sé que no puedo esconder mi alegría cuando me acarician, el vaivén de mi cola siempre me delata.
Max Horkheimer, Theodor W. Adorno
“La enfermedad de la razón radica en su propio origen, en el afán del hombre de dominar la naturaleza."
La carencia de razón no tiene palabras. Sólo las tiene su posesión, que domina la historia manifiesta. La tierra entera da testimonio de la gloria del hombre. En la guerra y en la paz, en la arena y en el matadero, desde la lenta muerte del elefante, vencido por las hordas humanas primitivas gracias a la primera planificación, hasta la actual explotación sistemática del mundo animal, las criaturas irracionales han experimentando siempre lo que es la razón."
“En este mundo liberado de la apariencia, en el que los hombres, perdida la reflexión, se han convertido en los animales más inteligentes, que someten al resto del universo cuando no se hacen pedazos entre sí, preocuparse por el animal no es ya sólo un sentimentalismo, sino una traición al progreso.”
J.P.S.